La playa de la Barceloneta

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La playa de la Barceloneta

Con una longitud de casi medio kilómetro, la Barceloneta es una de las playas más antiguas de Barcelona y ha sido testigo de excepción de los cambios y las transformaciones de la ciudad en el transcurso del siglo XX. Si bien en un principio se consideraba indecente bañarse en público y los recintos con baños se reservaban a la clase alta, pronto la playa se convirtió en un espacio abierto a todo el mundo.

Emblema de la ciudad

La playa de la Barceloneta es un buen lugar para pasear cualquier día del año, bañarse o practicar algún deporte al aire libre. Es la preferida de los barceloneses, aunque también la frecuentan muchos turistas. A cinco minutos del metro, dispone de duchas, área de juegos, campos de voleibol, un punto de atención a personas con discapacidades, tumbonas, estaciones de Bicing... Hay que destacar especialmente el Espai de Mar, un centro de actividades deportivas, terapéuticas y educativas relacionadas con el mar. También se puede comer o tomar una bebida en alguno de los numerosos locales de restauración a pie de playa.

En la Barceloneta destaca otro elemento: colocada justo en medio de la playa, la escultura oxidada de Rebecca Horn, L'estel ferit, conocida popularmente como "los cubos", se recorta solitaria sobre el azul del cielo y el mar, y convierte este espacio en un símbolo de la ciudad.

De Don Quijote a las Olimpiadas

A principios del siglo XVII, cuando todavía no existía el barrio de la Barceloneta, buena parte de esta área se encontraba anegada por el mar. Con el tiempo, a causa de la sedimentación de las arenas y las obras portuarias, la ciudad ganó terreno al mar y pudo crecer también por esta parte. Sin embargo, hacia 1600, la playa de la futura Barceloneta todavía quedaba muy adentro y, probablemente, era bastante inhóspita.

Fue en esa playa primitiva donde Cervantes ambientó el famoso duelo final entre el Quijote y el caballero de la Blanca Luna. Sería, pues, en este punto de la costa mediterránea donde el pobre Quijote vivió la última de sus delirantes aventuras.

Casi cuatro siglos después, la playa de la Barceloneta, totalmente transformada, se preparaba para volver a mostrarse al mundo, esta vez en el marco de las Olimpiadas de 1992.

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