La Vila de Gràcia

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La Vila de Gràcia

Popular, activo, multicultural, extrovertido..., Gràcia es un oasis dentro del vértigo ciudadano. Es más que un barrio, es un pueblo con una identidad propia que reivindica su pasado y que ha hecho de sus fiestas una cita obligada para todos. Una gran vida comercial, tiendas de artesanos y diseñadores y una amplia oferta de ocio y de gastronomía completan el panorama de un barrio que, a ritmo de guitarra y palmas, vio nacer la rumba catalana.

El espíritu de Gràcia

La Vila de Gràcia es uno de los barrios con más carisma de la ciudad de Barcelona. Conserva aún sus calles pequeñas y estrechas, de núcleo rural, articuladas en torno a los torrentes que atravesaban la zona, y sus habitantes proclaman orgullosos su pertenencia a Gràcia y el espíritu gracienc, que cada verano se reaviva en las fiestas más populares de Barcelona. La Vila de Gràcia es un placer para pasear y para mirar. Las tiendas más creativas se reparten por todas sus calles y la cultura de la terraza se establece en todas las plazas de la antigua villa, y son muchas. Cualquier momento del día, y de la noche, es el adecuado para parar, sentarse en una terraza y mirar la vida pasar por Gràcia.

Pasado y presente

Hasta el siglo XVII, este barrio no pasaba de ser unas cuantas masías aisladas, tres conventos de religiosos y alguna torre que la burguesía había construido como casa de veraneo. La entrada del siglo XIX trajo la industrialización, y Gràcia se volvió importante, ya que aportaba terrenos libres para poder edificar e instalar industrias. Fue el momento en que Gràcia empezó a reclamar su independencia, y la consiguió hasta tres veces: en 1821, en 1828 y en 1849. La villa de Gràcia se anexionó definitivamente a Barcelona en 1897, pero años antes se había construido la gran arteria que uniría el centro de la ciudad de Barcelona con una villa en plena expansión: el paseo de Gràcia, que aprovechaba el antiguo camino que unía ambos núcleos.

Pero no todo era industrialización en la villa de Gràcia. Durante más de dos siglos, el trato del ganado estuvo en manos de la comunidad gitana, asentada en los alrededores de la plaza del Raspall. Una comunidad de gitanos bienestantes que, al igual que los vecinos de Gràcia, articulaban su vida alrededor de las plazas y las calles. Un crisol que mezcló los ritmos flamencos con los sonidos cubanos y de salsa que provenían de los inmigrantes americanos. El resultado: la rumba catalana, un estilo musical típicamente de Gràcia.

De plaza en plaza

Gràcia son muchas Gràcies. Es la modernista que vio los primeros edificios del arquitecto Antoni Gaudí, como la Casa Vicens, cerca de la plaza de Lesseps; es la de otras plazas emblemáticas, como la de la Virreina, la del Diamant —que Mercè Rodoreda convirtió en novela—, la plaza del Sol, con su multiculturalidad, o la plaza de la Revolució, republicana y liberal; es también la de la Gràcia gitana de la rumba catalana, la de los teatros independientes como el Lliure; la que es capaz de mezclar al vecino de barrio con la modernidad más bohemia de los artistas que se instalan en sus talleres. Gràcia es pasear por Gràcia, adentrarse en un mundo de tiendas curiosas, de nuevas artesanías, de diseños de ayer y de hoy, recrearse en las casas señoriales, tomar el fresco en las plazas o ver una película de arte y ensayo, de día o de noche. Siempre hay algo que hacer en Gràcia.

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