La estatua de La República

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La estatua de La República

El conjunto escultórico de La República, dedicado a Francesc Pi i Margall, presidente de la Primera República Española, es el emblema de la plaza de Llucmajor y uno de los símbolos de Nou Barris. Integra una estatua y un medallón, que se inauguraron en el año 1936 en el centro de Barcelona y que permanecieron escondidos después de la Guerra Civil hasta su recuperación, en 1990.

La libertad y el futuro

En el cruce que forman el paseo de Valldaura, el paseo de Verdum y la Vía Júlia se encuentra la plaza de Llucmajor, uno de los centros neurálgicos del distrito de Nou Barris. Remodelada en 1990, la plaza se diseñó con una rotonda central donde se proyectó una gran estructura abstracta de acero destinada a cumplir un objetivo: dar por fin una ubicación a la escultura de La República.

En el centro, un gran monolito acompaña una estatua de bronce de 4,5 metros denominada Flama, obra del escultor Josep Viladomat. Esta figura representa una mujer joven, desnuda y altiva, que levanta el brazo sosteniendo una rama de laurel con la mano, símbolo de la libertad y el futuro. En la base, un medallón del escultor Joan Pié con el rostro en relieve de Pi i Margall, que fue presidente de la Primera República Española en 1873, termina el conjunto.

Con memoria histórica

Las dos piezas tienen una larga historia que se remonta hasta tiempos anteriores a su realización. Fue en el año 1915 cuando el Ayuntamiento decidió proyectar un conjunto escultórico dedicado a la República y en honor a Pi i Margall para ubicarlo en torno al obelisco situado en el centro de la entonces plaza del Cinc d'Ors, en el cruce del paseo de Gràcia con la avenida Diagonal. Sin embargo, el proyecto no se llevó a cabo hasta la llegada de la Segunda República. El presidente de la Generalitat de Catalunya, Lluís Companys, lo inauguró oficialmente el 12 de abril de 1936, pero, después de la Guerra Civil, el régimen franquista ordenó la retirada y la destrucción de la estatua y del medallón. Gracias a los arquitectos Adolf Florensa y Joaquim Vilaseca, que los escondieron en un garaje municipal, todavía se conservan. Allí permanecieron hasta la llegada de la democracia, cuando emprendieron un nuevo rumbo. Ubicados primero en la plaza de Sóller, fue en la plaza de Llucmajor donde encontraron el emplazamiento definitivo, hecho a medida de un barrio y de unos vecinos que los han hecho suyos y los han convertido en un símbolo.

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