Los Pabellones de la Finca Güell

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Los Pabellones de la Finca Güell

Un gran dragón de hierro forjado guarda celosamente la entrada de los pabellones que Gaudí diseñó para Eusebi Güell en 1887. Solo la posibilidad de observar desde fuera la obra de este genial arquitecto ya es todo un espectáculo. Los Pabellones de la Finca Güell, famosos por su colorido y por su valor arquitectónico, son un símbolo más del arte de Gaudí que se puede ver por toda la ciudad.

El Gaudí más joven

En la avenida de Pedralbes se encuentran los pabellones de la finca que el conde Eusebi Güell encargó al arquitecto Antoni Gaudí a finales del siglo XIX. Famosos por su colorido y por las formas fieles al estilo más curioso del arquitecto, estos pabellones están llenos de detalles mitológicos y estéticos que los convierten en una de las joyas de la arquitectura de Barcelona.

Este fue el primer encargo que Gaudí recibió de Eusebi Güell y significó el inicio de una larga colaboración y mecenazgo que ha dejado grandes obras en la ciudad. Entre 1884 y 1887, Gaudí rediseñó el jardín y levantó los dos pabellones de la entrada que conocemos hoy en día. Con una base de piedra, las casas se alzan sobre unas paredes profusamente decoradas con elementos de ladrillo y cerámica. El proyecto, de aire oriental, incluso puede llegar a recordar el arte mudéjar en algunas de sus partes. El elemento estrella de la construcción es la reja de la puerta de entrada, que representa un dragón de hierro con ojos de vidrio, en honor al mitológico dragón guardián del jardín de las Hespérides. La puerta abría el espacio a los jardines de las Hespérides siguiendo la recreación del poema L'Atlàntida, de Mosén Cinto Verdaguer, y forma un solo relato con la Fuente de Hércules de los jardines de Pedralbes.

De puertas adentro

En 1969, los pabellones fueron declarados monumento histórico-artístico de carácter nacional, y hasta el año 2008 funcionaron como sede de la Real Cátedra Gaudí, perteneciente a la Universidad Politécnica de Barcelona. Actualmente se abren al público los fines de semana y vale la pena visitarlos; sin embargo, si solo se puede ir entre semana, su mera contemplación desde el exterior, con el amenazador dragón guardián, ya vale la pena.

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